Pseudoprogresismo y uno de Punset.

No hay suerte, de momento. El desarrollo y el progreso, así como la Sociedad del Conocimiento, son conceptos enormemente ajenos a algun@s polític@s supuestamente progresistas en los que algunos teníamos depositadas muchas esperanzas. Queremos ser positivos, pero lo ponen muy complicado...

Personalmente, me entristece comprobar que gente que ha enarbolado tantas veces con orgullo (y no poco) la bandera del progresismo sea tan miope o hipócrita -quizá ambas cosas- que no se percate de que esa bandera se le cayó de las manos hace mucho tiempo; ahora ya solo sostiene una lista de promesas y proyectos que nada tienen que ver con las medidas que defendió para salir de la crisis o para dinamizar pueblos anclados en el pasado: reactivación de la industria y PYMES, inversión en desarrollo e innovación, etc. Aquellas promesas sirvieron para decorar discursos durante la campaña electoral.

Sorprendentemente, parece que más de uno y de una solo buscaba votos para tratar de sobrevivir, políticamente hablando, y alcanzar un asiento en un ayuntamiento, diputación, etc. "No hay dinero", dirán estos para justificar su incapacidad de dar soluciones a los problemas más complejos. Mientras, otros mejor preparados demuestran aquí y allá que sí es posible superar la crisis económica cuando se invierte adecuadamente el capital en revitalizar el tejido productivo.

Estamos ante el nuevo arte del "Pseudoprogresismo", un paraguas bajo el que todo cabe. Eso no es mirar al futuro, al menos no al futuro de una clase media trabajadora que, cansada de no ver soluciones, quizá opte el próximo noviembre por agarrarse a un "presidente ardiendo"...
No, esta vez no hará falta hacer análisis electorales con la Ley D'Hondt en la mano. Aquellos que critican -porque no entienden, aunque ya, qué más da- la aplicación de las matemáticas a las Ciencias Sociales (y la Política lo es tanto como la Economía o ADE) deben estar contentos porque esta vez podrán presumir de adivinar el resultado electoral, si no cambian las cosas.

Hemos llegado a un "triste final", que diría Concha Caballero hace unos días en El País, ante el que cuesta no sentirse indignado. Por supuesto, hay políticas y políticos que viven en las nubes al margen del triste panorama que observamos los demás mortales; alegremente, se irían mañana a disfrutar una corrida de toros mientras el paro se mantiene en el 20%.

Este tema es muy importante: "los toros". Invertir en ello garantiza crecimiento, desarrollo y prosperidad en cualquier ciudad... Salvo por tres pequeños detalles
: el primero, que no vivimos en el siglo XIX ni la tauromaquia es el entretenimiento de moda; el segundo, que hay necesidades mucho más apremiantes que las lúdicas (incentivar la diversificación de la economía, por ejemplo) y las oportunidades de negocio o creación de empleo que puede generar, directa o indirectamente, son mínimas (excepto si usted es torero, constructor de cosos o integra un grupo musical -aprovechando que la plaza puede acoger conciertos, por ejemplo, lo que justifica de sobra el gasto... ¿Irónico yo?-); y, el tercero, el hecho de que un muchacho barcelonés que desarrolla en su casa un nuevo sistema operativo (Eye OS) sea capaz de obtener un apoyo financiero de varios millones de euros es la enésima prueba de que la mejor inversión es la asociada a anticipar las necesidades futuras del mundo laboral actual, el mundo de la Era de la Información y las Comunicaciones.

Si no le parece bien, no se preocupe: ¡hay planes estratégicos alternativos! José A. Pérez, en su blog Mi Mesa Cojea, del diario Público, plantea una lista de 8 excelentes estrategias a las que usted o yo podríamos añadir varias más en el mismo sentido que él apunta... Como ejemplo, ahí va su plan para enderezar la Economía:

"En España sabemos hacer lo que sabemos hacer: casas. Hagamos, por tanto, casas como si no hubiera un mañana. Fabriquemos casas en todas partes, cientos de miles de casas, millones de casas, y vendámoselas a los europeos. Otros países invierten en científicos que, te pongas como te pongas, tendrán que vivir en alguna parte, ¿no?"

Como en la fase inflacionaria tras el Big Bang, en España -y en nuestra Comunidad Valenciana, si cabe, más- el universo político está en acelerado proceso de devaluación, con familias políticas aquí y allá repartiéndose el poco pastel que alcanzan a oler. Familias endogámicas con un comportamiento que roza en ocasiones el sectarismo y que se nutren de autocomplacencia, amiguismo, enchufes, donde lo importante no es buscar a la gente más adecuada para ocupar un cargo; ¡la gente ya está elegida desde hace tiempo!, solo ha de tener paciencia suficiente para que alguien con más poder la coloque en este o aquel puesto, tenga o no preparación para ello y sin importar que haya otros mucho más cualificados. (Lo cual me recuerda una noticia que conocí ayer a través del siempre interesante muro de Facebook del exconcejal verde Manuel Gallud: http://tinyurl.com/449mgd7)

Comparto con Juan José Millás la sensación de que se acerca un "Otoño caliente".
Y como en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, aún hay políticas y políticos capaces de mantener un discurso de ingenuo optimisto desde su poltrona, sin entender que los motivos para estar indignado son hoy más numerosos que ayer y menos que mañana.
Solo hay una salida: la acción tras la indignación, al más puro estilo Hessel. Desgraciadamente, ahora hay poco margen (nos han dejado tan poco margen) para reaccionar y que tenga un efecto significativo a corto plazo, aunque es ahora cuando más lo necesitamos.

Estaba yo esta tarde en esta reflexión motivada por las últimas noticias políticas y la lectura de este post que me toca muy de cerca, cuando me ha llegado un enlace al último artículo de Eduard Punset: "Si te aíslas, estás perdido". Es una idea con la que no puedo estar más de acuerdo: estar desconectados con la realidad que hay más allá del suelo que pisamos, más allá de lo que nos es inmediato, es la principal explicación de que haya ciudades, sociedades, individuos al fin y al cabo, más competitivos que otros y mejor preparados para adaptarse a los cambios inherentes al mundo globalizado que hemos creado.


"España no ha tenido esas minorías selectas de cultura media de los países centroeuropeos; España nunca ha sido foco sino periferia"
, decía Pío Baroja.
Por suerte, los tiempos van cambiando; sin embargo, si aún encontramos en España características de "país periférico" en algún sentido cultural o cuando hablamos de innovación, economía y desarrollo, sin duda se debe en buena medida a la escasa capacidad de aprovechar lo mejor del talento de nuestra propia gente y explotar el potencial de nuestros pueblos y ciudades. Pero para eso hay que saber... Yo no soy ingeniero de minas y aunque tuviera ante mí un filón de oro sería incapaz de decir cómo explotarlo adecuadamente para extraer el mineral. ¿Tan difícil es para algun@s polític@s reconocer su incapacidad para crear planes de desarrollo reales, eficaces, y formar equipos técnicos preparados? ¿Somos los ciudadanos suficientemente exigentes con los gobernantes o hemos acabado por aceptar la mediocridad como mal menor? Queda mucho que aprender, mucho inconformismo que practicar, mucha indignación que expresar...
Mientras, los jóvenes y un sistema educativo deficiente pagan en buena parte los platos rotos, y con ello hipotecamos nuestro futuro. Nada nuevo bajo el sol, somos un país que aprende muy despacio. En fin, sin más, les dejo ese último artículo de Punset:


Si te aíslas, estás perdido

Lo que muchos llaman las causas de la crisis, no son sino las consecuencias: la depresión económica generalizada, el imperio inalterable del dogma, el choque de civilizaciones, la erosión y destrozos causados al medio ambiente, la próxima extinción de fuentes energéticas basadas en el carbón, la proliferación nuclear, el impacto sanitario de la contaminación o, más importante aún, el desorden educativo.

La razón primordial de la crisis es más compleja que todo esto, y es imposible captar su alcance sin ponderar la importancia de que el crecimiento es hoy el fruto de coeficientes exponenciales, que apenas dejan tiempo para modificar las estrategias en uso. Cuando quiere uno darse cuenta del daño causado por la ineficacia o el desorden, es tal su envergadura, que ya no hay nada que hacer; es demasiado tarde. Pero, por encima de todo, la razón de los actuales desvaríos yace en la necesidad absoluta de modificar los instrumentos cognitivos heredados para hacer frente a lo que viene.

Todo ha ido para adelante, salvo el cerebro, que se ha quedado donde estaba. No se trata de calmar a la gente con cualquier atajo pero, de verdad, que estamos acosados por un problema neurológico. Sabíamos ya que el cerebro tarda siglos en adaptarse a situaciones nuevas, con el consiguiente descalabro para las mentes que no pueden esperar cincuenta años a que el cerebro se adapte a una estrategia de defensa distinta. Fijémonos en el ejemplo del odio generalizado a la llamada “globalización“.

Hace 50.000 años –segundos antes de que se produjera el gran salto delante de la especie–, lo único que importaba a los descendientes de un mismo antepasado común, el chimpancé, era su grupo o manada, de unos ciento cincuenta miembros como máximo, y el mayor enemigo era el resto del mundo. Se organizaban constantes cacerías de otros homínidos y la tranquilidad de los miembros de la tribu estaba fundamentada en el odio y la protección del resto de organismos vivos.

Hace 40.000 años, esta situación empezó a cambiar y hace diez mil años ya era totalmente distinta. Los homínidos se instalaron en los primeros asentamientos agrarios y, gracias a aquella de su gente que sabía de plantas y cómo domesticar animales, empezaron a globalizarse, usufructuando el acervo del conocimiento acumulado por unos y otros, interactuando entre ellos y con los demás.

Hace apenas 300 años, nos dimos cuenta de que lo que necesitábamos era más globalización, no menos. Si te quedabas aislado y sin contacto con el resto del mundo, estabas perdido.

Lo extraño es que siga existiendo gente que, si bien es consciente de que no tenemos domicilio fijo, porque estamos montados en un planeta que va a 240 kilómetros por segundo, lanzado en el espacio, sigue haciéndole ascos a la globalización; solo quieren experimentar lo que ellos ya creen saber. No se han dado cuenta todavía de que, cuando van a comprar una camiseta, se están aprovechando de la información de alguien de la India que tenía hace un par de años unas semillas que, si germinaban, podrían servir para fabricar una camiseta, siempre y cuando se recabara la información que tenía otro fabricante de tejidos sintéticos en otra parte del mundo, quien a su vez iba a aprovechar el conocimiento en materia de distribución de paquetes –de camisetas o de pantalones– que otros tenían.

¿Se ha creído alguien que nos las hemos arreglados solitos en este mundo? ¿Tanto cuesta darse cuenta de la suerte que tuvimos de contar con alguien al comienzo, en el otro confín del mundo, que sabía algo de semillas y de domesticar perros para que ladraran si alguien se acercaba para robarlas? Viven en un mundo globalizado, pero añoran la manada de los homínidos poniendo cara de perro a todos los demás.

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